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15 de septiembre de 2017

Por qué es tu forma de trabajar (y no tu trabajo) lo que peligra con los robots

La disrupción digital empieza a afectar a profesiones de todo tipo, pero los robots no tienen por qué provocar un apocalipsis laboral.

Cuando baja la marea se sabe quién nadaba desnudo”. Warren Buffet acuñó la famosa frase pensando en la inversión, pero algo parecido está sucediendo con la progresiva incorporación de nuevas tecnologías al mundo del trabajo. La marea está bajando, y unos cuantos profesionales enseñan sus vergüenzas.


Ya habrás oído hablar muchas veces del estudio para la Universidad de Oxford de los investigadores Carl Benedikt Frey y Michael Osborne, en el que pronostican que el 47% de los puestos de trabajo en Estados Unidos está en riesgo por la digitalización. Analizando al detalle 702 ocupaciones diferentes, vaticinan que, por ejemplo, hay un 99% de posibilidades de que los humanos dejemos de dedicarnos a la reparación de relojes, el telemarketing y la limpieza de alcantarillas y desagües.

Ningún padre sueña con que su hijo limpie alcantarillas de mayor, así que esa es una buena noticia. Pero a casi todos les gustaría tener un médico en la familia. Y las máquinas comienzan ya a ejercer también en profesiones bien consideradas socialmente, como la propia medicina o las del ámbito jurídico. La disrupción digital no es solo que un taxista pierda dinero por la competencia de Uber: también afecta a los notarios.

¿Es para tanto? Un reciente panel de expertos en inteligencia artificial celebrado en el Foro Global de Wharton incidía también en desdramatizar la supuesta masiva destrucción de empleo que provocarán a corto plazo los robots. Uno de sus problemas es el enorme coste energético que suponen procesos que empezamos a dar por hechos, como la gestión masiva de datos para los coches autónomos o los millones de horas de datos con los que se entrena a un algoritmo de deep-learning. Otro gran escollo es la rigidez de los sistemas artificiales: sus problemas de comunicación, su falta de empatía, su ausencia de imaginación y creatividad.

“La creatividad se está volviendo cada vez más importante”, dijo en el Foro Pascale Fung, una de las mayores expertas mundiales en la interacción entre ser humano y robot. “En el pasado, un ingeniero con un buen historial académico tenía garantizado un buen empleo. Hoy las empresas de tecnología entrevistan a los candidatos preguntándoles por áreas muy diferentes. Creo que los ingenieros tienen que aprender más habilidades que no estén relacionadas con la ingeniería y los no ingenieros deben aprender más sobre las habilidades de la ingeniería, como el pensamiento científico, un poco de programación…”.

Aunque es cierto que hay trabajos que sí están sufriendo cambios. Fijémonos por ejemplo en los médicos. La especialidad de radiólogo es la primera que está comprobando en primera persona la competencia de las máquinas. Estos profesionales analizan imágenes para diagnosticar y tratar enfermedades y lesiones… pero no pueden revisar, en busca de patrones y anomalías, 260 millones de imágenes al día, como hacen equipos informáticos que cuestan aproximadamente 1.000 dólares. Con los algoritmos adecuados y su capacidad de machine learning, estas inteligencias artificiales obligan a los radiólogos a reinventar su trabajo.

El artículo completo en: Retina (El País, España)

La testosterona le podría estar haciendo perder dinero (también si es mujer)


Cuando pensamos en la testosterona, seguramente nuestra imagen mental será la de un macho musculado y motivado para la acción. Sabemos que es la hormona inherente al hombre y la que le pone a mil pero, ¿y si no fuera solo en lo sexual o en lo de ponerse gallito? Nuevos estudios analizan el modo en que afecta a la actividad cerebral y, en consecuencia, a los procesos que intervienen en la toma de decisiones y la impulsividad, también en el caso de la mujer.

“El nivel de testosterona del hombre, que fluctúa en función de su edad, es unas 10 veces mayor que el de la mujer”, expresa el doctor Javier Febles Díaz, especialista en Medicina interna y andrólogo. Por eso se ha estudiado fundamentalmente en hombres. “Es una hormona que participa en muchas funciones, como en la diferenciación sexual y en la producción espermática, pero también en otras, como en la construcción de hueso y músculo ”, explica el especialista.

Aunque nos llame la atención de ella únicamente lo obvio  —la virilidad y la libido amplificada del varón— hay mucho más. Uno de los focos de interés más actuales gira en torno al modo en que influye en la toma de decisiones o, por qué no, en la no toma de decisiones, cuando uno se rinde a la impulsividad.

Malas decisiones e impulsividad

Los investigadores Nave y Nadler, de la Wharton School de Pensilvania y de la Western Unversity in Ontario, respectivamente, han tratado de demostrarlo en un reciente estudio con 243 hombres. Tras administrarles placebo o testosterona a través de un gel aplicado en pecho y hombros, medían su capacidad cognitiva en una serie de pruebas matemáticas.

Mientras que algunas preguntas exigían pequeñas operaciones, otras eran trampa para provocar la impulsividad y el error. El resultado hizo notar una mayor confianza en las propias decisiones en aquellos a los que se les había administrado testosterona que en los demás. Los autores describen, a causa de la testosterona, una reducción en la capacidad de analizar y juzgar las propias respuestas por la que “se inhibe el repaso del propio trabajo y se tiene mayor seguridad en uno mismo”.

El artículo completo en: Buena Vida (El País, España)

13 de septiembre de 2017

Esto es lo que pasará si seguimos enganchados 24 horas al 'smartphone'

¿Viviremos en un futuro absorbidos por teléfonos más inteligentes que nosotros? ¿O acabaremos viendo esta adicción como algo vulgar?


El día que yo me muera (si es que tal cosa ocurre) veré imágenes de mis seres queridos pasar por mi cabeza. Pero no serán imágenes de aquellas vacaciones en la playa, con el cuerpo perlado de sal, ni de las comidas familiares los domingos, ni del festival aquel en el que perdimos la cabeza. Serán imágenes de todos ellos abismados sobre el móvil, la espalda curva, absorbidos en el agujero negro de la pantalla táctil, que es como les veo la mayoría de las veces, surcando el Facebook, poniendo un tuit, respondiendo un mail de trabajo (es urgente), mirando a ver quién ha llamado. Están aquí, pero están en otra parte. Cuando mis seres queridos me hablan yo no me entero porque estoy en Twitter enmendándole la plana a un concejal random. Cuando yo les hablo ellos se están haciendo un selfi en contrapicado para partir la pana en Instagram. Y así se nos va pasando la vida, mientras la web se carga.

No quiero parecer monjil, como un columnista cascarrabias, quejándome de las cosas de la vida moderna: quien esté libre de pecado que tire el primer smartphone. Pero sí que he de reseñar, por el bien público, la alucinante metamorfosis que la vida online ha producido en mi cabeza. Ya lo anunció hace años Nicholas Carr, aquel profesor de literatura que era incapaz de leer más de dos páginas seguidas de una novela sin que se le fuese el santo al cielo, hasta que se vio obligado a cerrar sus redes sociales, que habían triturado con su capacidad de atención. Lo contó en un libro: Superficiales, qué hace Internet con nuestras mentes (Taurus).

A mí me pasa parecido: si antes mi mente era una apisonadora lógica perfecta, una máquina de deshacer entuertos, capaz de concentrarse en mitad de una trinchera de la Primera Guerra Mundial, llamada a cambiar el mundo, ahora lo que tengo dentro del cráneo es una jaula de mariposas, o una triste papilla de neuronas. Un poema de John Ashbery. Leer una novela me parece una aventura decimonónica, las obras de teatro me las tiene que explicar mi acompañante porque yo estoy pensando en la lista de la compra y ni siquiera los más trepidantes cliffhangers de las series del momento logran atrapar mi atención. Es como si mi mente se estuviera disolviendo en carne picada. Como si estuviera perdiendo contacto con el mundo, iniciando un viaje solipsista hacia el interior de mi propio mecanismo, ocupado en otras cosas, a mi bola.

El artículo completo en: Tentaciones (El País, España)

Cinco maneras de ganar dinero extra sin abandonar su trabajo actual

Ya sea porque las deudas lo están agobiando, porque busca ahorrar al máximo para sus próximos estudios o vacaciones, o porque buscar aprovechar su tiempo libre, existen, según Entrepreneur, cinco formas para ganar dinero extra sin dejar su trabajo de tiempo completo. 


De hecho, la primera opción es empezar un negocio de servicio como, por ejemplo, catering o escribir de forma freelance. Nicolás Mónico, co-creador de la agencia de marketing Luxxo Lab y quien a su vez escribe para diferentes revistas, señaló la importancia del voz a voz para darse a conocer y que sea una labor que realmente lo apasione. “La importancia de las relaciones públicas tanto en términos de imagen como de contactos vale entre 70% y 80%. 

Así mismo, es fundamental asumir este dinero extra justamente como un ingreso adicional y no permitir que se convierta en una necesidad”, afirmó Mónico. Precisamente, para Daniel Tovar, experto en esta materia, por un lado se puede aprovechar Amazon o plataformas como Mercado Libre para comprar al por mayor. De igual forma, Tovar destacó el desarrollo de aplicaciones; la inversión en criptomonedas ; participar en encuestas en internet o a través del celular y cobrar por su opinión (por ejemplo a través de Mobrog, la cual paga entre US$0.5 y US$4 por encuesta) y hasta en audiolibros, puesto que “usted lee un libro, se graba y lo vende a Google Play, eso sí dependiendo de las condiciones en derechos de autor”, explicó. 

Pero el artículo recién comienza, ingrese a Gestión (Perú) para conocer las cinco maneras de ganar dinero extra!!!